LA JUBILACIÓN MÉDICA Luis Manuel Aranda González

Tiene los mimbres de la propia vida. Hecha de vivencias agridulces, posiblemente tan diferentes entre sí, que de su buena o mala condimentación previa, puede resultar desde un liberador estofado a la pérdida del cielo en la propia tierra.

Los médicos también podemos acabar de la misma manera, tras completar bien una vida llena de auténtico significado, tratando y resolviendo los problemas de gentes más o menos necesitadas, o por el contrario, liberados, decía, si se ha tenido la desgracia de ejercer en un pequeño horno existencial, de esos que llegan a quemar, ya por presión asistencial, por falta de tiempo o medios, por los riesgos inherentes a la especialidad, neurocirugía. por ej., o incluso por algo más elemental, por haber tenido que llevar colgado de la chepa, todos los días, al incompetente y digitocrático compañero político de turno, más proclive al estudio del coste-productividad-efectividad y a mirar por encima del hombro a los camaradas, que a estar tras las crudas tragedias humanas o el estrés quirúrgico de los demás, los auténticos sufridores de la Cosa. Algo que hicieron, sin duda, y salvo honrosísimas excepciones, por no tener talla, implicación o empatía capaces de conmoverse de continuo con los pequeños o grandes problemas de sus pacientes…los usuarios, como despectivamente les gusta llamar últimamente, mientras la mayoría de sus compañeros prefirieron desde siempre quedarse al pie del cañón y pensando, divertida y desdeñosamente al verlos, en el viejo y certero refrán…”herradura que chacolotea, clavo le falta”.

Pues bien, bocetadas las dos posibilidades existenciales de ser médico, ahora sólo quiero pensar en aquellos compañeros que han disfrutado del inmenso placer de ser hombres prácticos resolviendo de continuo los problemas que realmente ayudan a vivir mejor a los demás, ya teniendo que tomar decisiones vitales, como comunicando malas/buenas noticias con la mayor humanidad y sensibilidad posibles, ya preocupados además por superar toda la ansiedad y estrés inherente al duro y diario ejercicio y que han vivido muy en serio toda la vida para hacer cosas muy serias, mientras veían a su alrededor la eterna dejación y dejación de responsabilidades en todas las luchas no luchadas tanto por parte de la Administración sanitaria como del propio Colegio profesional, capaz, eso sí, a toro pasado, de crear un organismo asistencial para tratar y socorrer específicamente al médico quemado o adicto a las mil cosas a las que puede conducir la mala o estresada vida profesional, cuando previamente ni han sabido ni querido prevenir nada en una lucha que pudiera haber mejorado las condiciones de un digno y remunerado ejercicio. Su única justificación legal y ética.

Microtraumas todos ellos que al fin y a la postre han existido como marginales a nuestras esencias hipocráticas y que con pequeñas tiritas en el alma las hemos ido sobrellevando, de la misma manera que hemos crecido desde siempre con la idea de que se nos puede querer, pero que a la vez, el sentimiento tiene una clara ambivalencia…se nos desea no volver a vernos nunca más (que del médico y el mulo, cuánto más lejos, más seguro, dicen por mi andaluza tierra).

Valgan todas las pinceladas previas para acabar ahora con el cuadro final que nos ocupa, el de la cruel, inevitable y fatídica realidad de la forzosa jubilación. Palabras, pensadas y dichas en homenaje a mi compañero y amigo del alma, el Dr. X, con alma galénica hecha de los mimbres antedichos y que ha dedicado toda su vida profesional de especialista a la estricta ciencia oficial, llegando incluso a dirigir de continuo tanto tesis doctorales como esforzados y valiosos proyectos de investigación. Pues bien, quince días antes de cumplir la edad de jubilación, recibió la famosa carta , comunicándole la rotura oficial de todos los puentes, de todos sus vínculos emocionales y profesionales con pacientes y lugar de trabajo. Diciéndole, vamos, que se considerase amortizado, y que por tanto, tanto las tres tesis doctorales que dirigía, como los dos proyectos de investigación que llevaba entre manos, que muy bien, que les importaban un rábano.

Y mi amigo pasó unos días terribles, como esos pacientes que considerándose terminales se aferran desesperadamente a la esperanza, a su continuidad, sencillamente porque, cosas de sabio, había olvidado que era tan mortal como el resto, absorto como vivía en trascenderlo todo en su quimérico viaje vital de excelencia y sobreesfuerzo personal y profesional. En su personalísimo calvario, en la travesía personal hacía la nada, hasta hemos tenido tiempo para las bromas y la ironía, antes de emigrar, de salir.

Hace poco me decía, Luis, ya ves, los médicos hacemos una singladura vital inversa a la política. En ella, cualquier chiquilicuatre puede acostarse siendo un perfecto Don Nadie, para levantarse al día siguiente siendo un atildado Congresista, mientras nosotros, ya ves, pasar del ser al no ser sólo depende de correos. Y hemos hablado, como no, de que la dichosa carta, con su cruel toque de clarín, anunciador de que hay que cambiar de tercio, no hace sino invitarnos a retirarnos a los corrales, a nuevos libros, aficiones y menesteres, que nos hagan olvidarnos pronto del lugar de trabajo, a donde si vuelves, ya puede que nadie te salude, conozca o sonría, aunque siempre puede quedar el recurso de dejar en su puerta y por la noche un ramo de flores sobre la tumba de tantos sueños y gratos recuerdos, como por ej.:

el de la ansiedad y emoción de pasar consulta cada día/ el de la sensación profesional de formar parte de algo importante/ el de las pequeñas bromas que solíamos gastar a los pacientes para librarles de su estrés antes de entrar en el quirófano/ el de la jovialidad y entusiasmo que ejercían sobre nosotros nuestros pacientes con su fe/ el de la intensa euforia del quirófano, cuando todo había salido bien.

Convencidos, en suma, con el Dr. V. Fuster y el Dr. Marsh, neurocirujano inglés, Buda y la Biblia, entre tanto y tanto sabio consejero, de que “la ruta más fiable hacía la felicidad personal es y ha sido hacer felices a otros”.

Posdata: Mi amigo, el Dr. X, médico y avezado navegante, siempre me comentaba una máxima griega mientras navegábamos antaño en su Coronado por las Baleares…”navegar es necesario, vivir no lo es”; por eso, ahora, no ha dudado en seguir ejerciendo en un hospital francés en donde han sabido valorar y aprovechar toda su ciencia y experiencia. Y próximo a los Pirineos, todas las mañanas, tras levantarse, no es capaz de comenzar la jornada sin abrir previamente la ventana para saludar a su querido y próximo país, mientras practica un liberador, íntimo y sonoro corte de mangas que pueda llegar hasta el Ministerio de la exMato, aquella pintoresca persona que desconocía como habían podido llover los Jaguar sobre su garaje.

Luis Manuel Aranda

Médico- Otorrino

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